Seguro que es la primera vez que te hacen esta pregunta en tu vida. Sin embargo, tus abuelos o bisabuelos pueden haberla oído cuando eran niños, en su entorno familiar o en el barrio, en la gente que iba a coger arroz a las marismas y recibían los picotazos de mosquitos infectados de paludismo, que metía la fiebre hasta en los huesos, que te destrozaba de dolor las articulaciones, te hacía vomitar y te provocaba convulsiones y finalmente te podía dejar en coma. Y que, si no recibías tratamiento adecuado, acababas en el hoyo.
La malaria desapareció de nuestro país al mismo tiempo que se acabó la miseria generalizada, pero hoy en día sigue enfermando a más de 300 millones de personas cada año y matando a dos millones anuales, la mitad niños. Forma parte del trío siniestro de enfermedades africanas, junto al sida y la tuberculosis, y es la primera causa de muerte entre los menores de 5 años en el África Subsahariana. Pero a ti, como a mí, nunca se te ha pasado por la cabeza que todas estas cosas nos pudieran ocurrir aquí, y es normal.
Pero el 40 % del planeta sigue en riesgo por ese mosquito que, además, puede ser transmisor de la enfermedad lo mismo que los humanos: basta con que pique a alguien que tenga malaria. Por no hablar de las mujeres embarazadas, o los que tienen VIH y se convierten en presa fácil y llevan todas las papeletas para irse al otro barrio de manera fulminante.
¿Solución? Claro que la hay, la misma que en muchos otros casos y con los mismos inconvenientes: los tratamientos carísimos, cortesía del poder de las empresas farmacéuticas; las labores preventivas que no se realizan, ya que hablamos de paises muy pobres y sin presupuesto; las mosquiteras, algo tan sencillo como eso, son auténticos artículos de lujo; y la labor de los organismos internacionales, como siempre, que se pasan el tiempo discutiendo sobre si conviene o no discutir, despacho va y despacho viene. Y, encima, no se sabe bien si el uso de DDT como forma de acabar con los mosquitos es mejor o peor que no hacer nada. Y para más inri, las estafas están al orden del día, con pastillas falsas que lo único que contienen es harina de maíz.
Tal vez te suene extraño que hable de estas cosas desde la cómoda situación de alguien que está delante de un ordenador, que ha desayunado en condiciones, que lleva una vida imposible para las terceras cuartas partes de la población mundial y que, a fin de cuentas, cada vez que escribe (escribo) de este tipo de injusticias sociales endémicas lo hace con la sensación de estar justificándose, como decía aquella vieja canción, "porque no tengo valor para coger un fusil y recomponer las cosas". Tal vez lo haga ahora -a las once y media de la mañana, en nuestro despacho del ayuntamiento- porque a unos cuantos metros de mí hay una mujer boliviana con cáncer a la que mi compañera Trini le acaba de traer un café con leche y una tostada. Pero lo cierto es que lo hago para que veas que, por mucho que las historias que nos llenan últimamente la cabeza, que si las elecciones, que si los resultados, que si esto o lo otro nos preocupa y nos ocupa la mente como si fuese lo único importante, las prioridades de nuestra vida son tan nimias y tan superficiales como perder el tren de y cuarto y llegar quince minutos tarde al trabajo, cuando hay personas que ni tienen tren, ni trabajo ni, tan siquiera, media hora libre para comerse el bocadillo. O sea.
Tocadiscos: Inara George – Fools works. Pulsa aquí para oír/ver este videoclip.
Ahora que termina una primera etapa de este blog, creo que es un momento propicio para hacer balances y recapitulaciones y, de paso, pensar en qué medida hay que afrontar el futuro.