A las once y media de la mañana tienes la cabeza tan embotada de historias tan variopintas que te da por creer que algunos pensamientos se te pueden salir por las orejas y llenarte la cara de churretes. Es entonces cuando recibes una llamada que te dice que tienes que salir pitando a un instituto para explicar a una audiencia llena de chavales el estatuto nuevo y la importancia del 28-F, porque la persona encargada de hacerlo no ha podido ir y yo soy la alternativa. Así que pido a mi jefe el favor de salir antes del trabajo y tiro para allá oyendo una canción de The Divine Comedy que ni escuchas ni nada, porque desde que cuelgas el teléfono no dejas de pensar en cómo vas a explicar a chicos y chicas de 15 años lo que sus padres no se han molestado en entender ni votar. Pero lo haces, porque tienes la convicción de que un ser humano que no se interesa por la política es un ser humano más a quien van a engañar durante el resto de su vida.
Luego llegas al instituto y te encuentras con que uno de los profesores de allí también fue tu profesor en el Cervantes, long time ago, cuando de hecho el colegio ni siquiera se llamaba Cervantes, sino Caudillo de la Paz, y lo que estudiabas entonces se llamaba EGB y no ESO, como ahora. Y a una profesora resulta que la conoces porque casi fuimos vecinos. Y los demás profesores te echan una mano para que el aula no se desmadre y no suenen los móviles. Y entonces te sientas delante de aquellos chicos y tratas de usar sus palabras y de decirles que hubo un tiempo en que el que les hablaba no habría estado allí, sino en la cárcel o escondido o escondiendo o disimulando, y que lo que ahora tenemos, bueno o menos bueno o malo, tienen que conocerlo para exigirlo cuando vayan a salir a buscar un empleo, una vivienda, una sanidad en condiciones… o para intentar cambiarlo, incluso. Y todo eso lo intentas contar sin que bostecen, claro, sin parecer un peñazo, y que al acabar la charla al menos se lleven dentro de sus cabezas algo, siquiera del tamaño de un hueso de cereza, que se llame conciencia, inquietud u otra palabra del estilo.
Y más tarde, sin tener claro si has conseguido o no lo que pretendías, te comes una tapa y te tomas un café para salir otra vez pitando de vuelta al trabajo, tres cuartos de hora donde tus compañeros del ayuntamiento te ponen al día y te sueltan sus quejas: que Toscano ha decidido bajar de su torre de marfil y mañana va a ser el que entregue la bandera de Andalucía a un inmigrante, cosa que nunca ha hecho pero ahora sí, claro, por lo que todos ya sabemos; que la feria de muestras la están organizando como nunca para lo que todos ya sabemos; que mañana me espera un día de perros y el fin de semana ni te cuento, que voy a necesitar una agenda tamaño A3 para apuntar las cosas que tengo pendientes, etc., etc….
Así que vuelves al trabajo, con un entripado de tres pares y no oyendo en el coche esa canción tan maravillosa de Sufjan Stevens, y te preguntas si esto es de pena o merece la pena. Y piensas que, en realidad, sarna con gusto no pica, así que vuelves a empezar y sonríes y te das cuenta de que, de verdad de la buena, todo lo que haces lo haces porque hay cosas que no están bien y tú, en la medida de tus posibilidades y con tu capacidad de ínfimo punto en medio de un mundo gigantesco, haces lo que haga falta para que sí estén bien. Y sabes que, siendo tan difícil, es así de sencillo, y que por eso no puedes ni debes ni (otra vez) merece la pena parar, salvo para tomar impulso. Y el que no lo entienda, ajos come.
Tocadiscos: The Stone Roses – I wanna be adored. Conste que esta canción no es para alimentar mi ego, sino que la pongo hoy para enviar un beso a una amiga que cumplió años ayer y que adora a este grupo. Pulsa aquí para verla y oírla.
Pues sí, pasó el referéndum sin pena ni gloria y a partir de ahora empezaréis a leer en la prensa local toda una retahíla de promesas y de inauguraciones que sólo se ven cada cuatro años. Desde ya, como si de repente hubiera aparecido el genio de la lámpara maravillosa, los políticos que gobiernan se afanarán por inaugurar hasta los kioscos de pipas, al mismo tiempo que saldrán de su letargo social y podrás verlos por las calles dándote la mano y ofreciéndote el oro y el moro. Y el resto, los que no podemos inaugurar nada, nos partiremos los cuernos para no perdernos entre tanto aluvión mediático y algunos, por lo visto, meteremos la pata hasta el corvejón ofreciendo cosas imposibles, como esos dos millones que les aseguran a todos y cada uno de los jóvenes que pretendan independizarse (no sé de dónde se van a sacar los dineros: imagina que se independizan los mismos que han pedido viviendas municipales y salen 10.000 solicitudes, o sea, ciento veinte millones de euros) o como la rebaja en un 10 % de los precios de las VPO (casualmente las más baratas, vamos, que aquí a nadie le da por rebajar el resto de viviendas, que están ya a precios impagables).