24.01.2022

Bath. La reforma laboral de 1994.

Collage Memoria Gráfica 13.01.2022

Bath es una ciudad del condado ceremonial de Somerset, en el sudoeste de Inglaterra. Está situada a 156 km al oeste de Londres y a veintiún kilómetros al sureste de Bristol. No es que haya estado allí (aunque no vendría mal pasearla antes del viernes de feria de Sevilla, por si acaso), simplemente doy gracias a la Wikipedia por darme a conocer el origen geográfico de la llamada spam que he recibido hoy.

Antes todo el mundo decía que veía La 2, pero las cuotas de pantalla lo desmentían. Me gustaría saber cuántas personas, de las que opinan con contundencia sobre la reforma laboral pactada entre gobierno, sindicatos y patronal (no me simpatiza meter a la patronal en el concepto «agentes sociales», defomación ‘confesional’ obliga), se han tomado la molestia de leerse algo más que los argumentarios afines a sus prejuicios (incluyendo los prejuicios de clase). Por ejemplo, se me ocurre recomendar un texto que se llama Real Decreto-ley 32/2021, de 28 de diciembre, de medidas urgentes para la reforma laboral, la garantía de la estabilidad en el empleo y la transformación del mercado de trabajo… Lo digo porque sorprende, sin entrar en matices, que se hable tanto de «derogar la reforma laboral del PP» como si el sablazo a la clase obrera hubiera empezado en 2012… y no, por ejemplo, en 1994.

En 1994, por citar un par de botones que nos muestre lo que ha llovido, solo había 100 páginas web en el mundo, internet era un privilegio casi exclusivo del Centro Europeo de Física de Partículas y se vendían cien mil ejemplares anuales de los 32 tomos de la Enciclopedia Británica (que dejó de imprimirse en 2012, después de 244 años). Es que yo acabé la mili ese año, ¿sabes lo que ha cambiado todo? Pues bien, fue el 13 de junio de ese año 1994 cuando el felipismo, sin la participación de los sindicatos, inició un ciclo de «flexibilización» de la normativa de contratación y negociación colectiva, de causas de despido por cuestiones tecnológicas o económicas de fuerza mayor, de movilidad funcional y geográfica por razones técnicas, organizativas y económicas… y se creó el conocido como contrato basura, que regulaban las empresas de trabajo temporal (ETT). Y desde entonces, hasta que entre en vigor la nueva regulación, todo ha sido una cuesta abajo continua y persistente: casi 30 años donde la lucha de clases, en materia laboral (y en lo demás, vaya), siempre la han ganado los mismos: devaluación de salarios, reducción de la capacidad de negociación colectiva, temporalidad como regla, el coladero de los contratos de obra, despidos sin trabas, fraudes sin inspecciones ni sanciones, mercantilización de las relaciones laborales…

Con este RDL, sin ser lo que nos gustaría, no solo se apunta a un cambio de tendencia, sino también hacia un cambio de modelo laboral, en mi opinión más interesante y con más expectativas que realizar una reforma derogatoria de una de las 15 grandes reformas laborales realizadas con anterioridad a esta. ¿Realmente pensamos que ahora tampoco, que la clase obrera no recupera derechos ni incrementa su poder con la reforma aprobada, no ya respecto a 2012, sino al cúmulo de retrocesos que se vienen implantando desde 1994? Si la respuesta a la última pregunta es afirmativa (véase: no hay nada bueno que celebrar, en el juego del «todo o nada» el resultado es «nada») bajemos el telón.

— Es que en el acuerdo de gobierno ponía «Derogación de la Reforma Laboral».

— ¿Leemos la pintada o empezamos a demoler la pared donde está escrita?

(No por renuncia, ni por esconder la mano en el bolsillo después de la pedrada. Es que digo esto y me he metido en el jardín, en realidad, no para abrir una discusión -hace años habilité la cirugía interior a mi dialéctica de besugo-, sino, en realidad, como excusa para dar las gracias a la camarada Marta Balmaseda, que me ha llamado esta mañana por teléfono y solo ese hecho, y lo que lo ha motivado, es para que un agradecimiento sincero conste en acta, o sea, aquí. ¿Sorpresa? ¿Para este viaje las alforjas? Bueno, en un diario no se puede contar todo).